La casa de cambio

La primera vez que leí «La historia interminable» tenía 9 años, y al llegar al final me sentí muy decepcionada. Me parecía una especie de moraleja barata que no me servía de nada. «¿Tanta historia para esto? Bah», fue mi pensamiento básico. La primera parte del libro (en la que había más letras rojas) me parecía la mejor, las aventuras de Atreyu que Bastian leía escondido en el desván de su colegio. Todo lo demás, cuando Bastian llega a Fantasía y las letras son mayoritariamente en color verde, no terminaba de entenderlo, aunque el libro me fascinó lo suficiente como para leerlo una vez por año desde entonces.

He ido creciendo con ese libro, me ha servido de espejo de cada una de mis etapas y con el paso del tiempo he valorado cada vez más y más toda esa segunda parte, que es la que de verdad convierte este libro en una especie de «biblia para ateos» como alguna vez dijo algún crítico. Hoy, mientras calentaba en el microondas el arroz que me sobró ayer, miraba la puerta de la nevera, llena de las notas de mi guapa y he vuelto a pensar en el final de «La historia interminable». De repente lo he entendido todo. Este piso ha sido la «casa de cambio», ese antepenúltimo lugar por el que Bastian pasa antes de aprender la enseñanza definitiva que le devolverá a su mundo. Estos años me han transformado. Yo no quería ni me daba cuenta, pero mi guapa me ha transformado. Y Michael Ende sabía muy bien lo que se decía.

Y ahora, toca dejar la casa de cambio, porque no es un lugar en el que siempre se pueda estar, en algún momento hay que dejar los abrazos de doña Aiuola y dar todavía un paso más adelante.

2 comentarios

Añade el tuyo →

Deja un comentario