Hoy Carmen Martín Gaite hubiera cumplido 87 años. Nunca llegué a conocerla y sin embargo esta escritora cambió y todavía cambia mi vida (sin exageración alguna). Mi relación con ella empezó en Inglaterra, en 1999 tal y como explico aquí:

Releyendo a la Gaite

Después de aquel malentendido por el que nunca la conocí (una llamada suya que tendría que haber cogido yo, pero que cogió otra persona, que no supo dar señales de mí), años más tarde me decidí a ir a El Boalo y visitar su casa (como si fuera tan fácil, como si fuera a estar abierta allí para mí) o al menos visitar el cementerio, y con aquella decisión absolutamente repentina, no meditada y tomada con la precisión de un rayo, sucedió algo asombroso, que relato aquí:

Lo raro es vivir

y cuyas pruebas están aquí:

La casa de Carmen Martín Gaite, El Boalo

Tras aquel fortuito encuentro en un autobús, pasaron otros dos años, hasta que me decidí a volver a aquel lugar:

El legado de la memoria

Entonces, fui acompañada por mi amiga Amaia, y no lo llegué a escribir, pero Ana Martín Gaite nos recibió de manera llana y generosa, nos llevó a comer (insistimos en invitar nosotras, aunque no quería) y antes de ello, nos invitó a bañarnos en la piscina de la casa, oferta tan sorprendente que no pudimos rechazar, y menos aún cuando apareció con dos bañadores de los años 50 o 60 que debían haber sido de ella o de la misma Carmiña para que nos los pusiéramos y no tuviéramos excusa.

Más tarde, al día siguiente, volví sola, para la misa que se celebraba 10 años después de la muerte de la escritora y, no sé cómo, acabé en una cena familiar en la casa de la Gaite con algunos de los amigos de Ana:

La búsqueda del interlocutor

Mientras tanto, en mi cabeza no dejaban de resonar unas palabras de la Gaite:

Normalmente se sueña una cosa y se hace otra. No te dejes engañar: intentar realizar los sueños es lo único que al final de la vida te reconcilia contigo mismo.

e inspirada por ellas hace menos de un año he comprado “Casa Tía Julia“, para no dejarme engañar, para realizar los sueños, para no vivir en el refugio y elegir el laberinto.

Y hoy, de nuevo, me gustaría llamar a Ana Martín Gaite, pero otra vez mi timidez irreductible me lo impide, y me limito a releer a la Gaite y escribir este post para no olvidarme del camino.

===Plus===

Dos post más alrededor de la Gaite:

Ecos de la vida literaria

Carmen Martín Gaite, premio Nadal 1957

Y el pequeño homenaje que en el n.14 de Iguazú le dedicamos a la escritora:

Dossier Carmen Martín Gaite

No encuentro la entrevista completa que le hizo Soler Serrano en “A fondo”, pero va de regalo este pequeño fragmento, sobre la necesidad de conversar:

This article has 4 comments

  1. Gloria Calama Sainz

    Yo he crecido con Carmen, leyéndola, oyéndola, hablando de ella con mi madre… Fue mi madre quien me inició en la afición. Aunque era más joven, veía en su obra el reflejo de su juventud de burguesa provinciana, similares referencias, la misma educación… Se fueron el mismo año. Me quedan sus recuerdos, sus libros, los comentarios que pronto reproduciré con mi hija. Vivir era esto.

  2. editora

    Gloria, a Carmiña le hubiera encantado tu historia de lecturas (y modos de ver la vida, por tanto) heredadas de madres a hijas.

    María, ¿en serio? ¡Enhorabuena! No sabes cómo me alegro. ¡¡¡Tenemos que hermanar casas ya mismo!!!

  3. paulafigols

    No recuerdo cuál fue la primera obra que leí de Carmen Martín Gaite. Puede ser que fuera “Nubosidad variable”. Después vino “Irse casa”, la leía con veintipocos, mientras hacía planes para irme de casa. Mi madre me la quitó a escondidas y la leímos a la vez. Antes o después leí “Caperucita en Manhattan”, un cuento delicioso, y “La reina de las nieves”, que me gustó mucho y que ahora quiero releer. Y luego vinieron sus “Cuadernos de todo”, “El cuento de nunca acabar” (que leo y releo como si fuera un manual de instrucciones para la vida), “La búsqueda de interlocutor”, “Tirando del hilo”, “El cuarto de atrás”…
    Qué afortunada me siento por haber encontrado esta ventana que me acerca a Carmen Martín Gaite. Un abrazo
    Paula

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