La última maestra de El Vallejo

Esta historia la recoge Avelino Hernández en su libro «La Sierra del Alba». Aquí copio el resumen que hace de ella Jose Antonio Alonso en este comentario a un post de Abel Hernández en el blog El Canto del Cuco. La fotografía es de José Díaz Martín, de su estupendo blog «Pueblos abandonados de la provincia de Soria» del que ya nos cedió amablemente unos fotografías para el post sobre Peñalcázar en el blog de Casa Tía Julia.

Nadie vive en El Vallejo. Todos se fueron. Sembrados a voleo por esos mundos de Dios… En otro tiempo, El Vallejo había tenido dos escuelas: la de los niños y la de las niñas. Pero ahora ya sólo tenía una: la de doña María…

Doña María llevaba muchos años de maestra en aquel pueblo. Era muy buena. La gente la quería mucho. Era como de allí. Doña María había enseñado a leer, a escribir y las cuentas a todas las niñas. Y cuando aquel año, en septiembre, ya no vino más el señor maestro, doña María se tuvo que encargar también de enseñarles a los niños…Proseguían yéndose más familias y más niñas y más niños. Y a doña María le daba mucha pena…

Un día se le ocurrió una cosa: cada vez que se le fuera de la escuela otro niño plantaría en una maceta un geranio. Y si se iba una niña, plantaría una buganvilla. –Así me acordaré siempre de ellos– decía. La escuela estaba ya casi vacía. Pero las ventanas y los pupitres y la mesa y el suelo estaban llenos de geranios verdes y blancos, y de buganvillas verdes y moradas. Un día ya no quedaron más niños en el pueblo. Y hubo que cerrar la escuela…

Para entonces, en El Vallejo vivían ya solo unos pocos hombres. Y eran todos mayores. Y algunos ya viejos. Pero se juntaron todos y fueron a ver al alcalde y le dijeron: -Aunque se haya cerrado la escuela, queremos que doña María no se vaya y se quede entre nosotros. Porque es como una más del pueblo-. Ella se lo agradeció mucho y lloró. Y como era mayor, dijo que donde iba a ir ya. Así que se quedó. Y desde aquel día todas las mañanas, como lo había hecho durante tantos años, a las diez abría la escuela, que ahora estaba llena de geranios y de buganvillas. Los cuidaba a todos. Los regaba. Ponía tierra mejor en las macetas de los que habían crecido menos. Cuando salía el sol, los sacaba a la ventana. Cuando hacía frío, tapaba con papeles las rendijas por donde podía entrarles el aire…Y así a todos. Uno a uno. Todas las mañanas. Igual que antes hacía con los niños…Aquel invierno hizo mucho frío. Pero doña María siguió yendo cada mañana a la escuela…Aquella tarde el frío era más fuerte que nunca…

Por la noche empezó a arreciar la helada. Doña María no pudo resistir más. Cogió un chal y un mantón y con una linterna se fue hasta la escuela. Por la mañana, cuando la encontraron, había juntado entorno a sí todos los geranios y las buganvillas. Los había arropado con el chal y el mantón y se había reclinado junto a ellos como queriendo defenderlos de la helada y darles calor. ¡Se había muerto de frío! Doña María.

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