«Los últimos», de Paco Cerdà

Foto de todos los habitantes del pueblo de Reznos, donde nació mi abuela (falta mi tía Tere, que estaría trajinando por el huerto, y sobran un par de políticos que iban de visita). Desconozco la autoría de la foto, la he encontrado en la web de la Diputación de Soria.

Mis padres nunca van al cine. Fueron una vez, antes de casarse, y luego una segunda vez, cuando yo -con 17 años- los llevé a ver «Tierras de penumbra» porque me parecía inconcebible que no hubieran entrado en un cine en más de 20 años. Siguieron sin ir 11 años más, hasta que se estrenó «El cielo gira» y mi hermano se empeñó en llevar a mi madre a verla. Cuando le pregunté qué le había parecido, mi madre respondió que era muy triste, que no hace falta contar esas cosas, «que ya se ven». Pero su mayor disgusto fue que al salir de la sala nadie se había parado a hablar con ella para comentar la película.

Le respondí que eso era normal, que en las ciudades no pasaba y que además, si no conocía a esas personas, ¿por qué habían de pararse a hablar con ella? Mi madre, como siempre, me respondió con su lógica imbatible: «Digo yo que si han venido a ver esta película tan triste es porque también son de un pueblo de Soria y entonces qué menos que saludarse». Ella no podía entender que alguien se interesara en ese relato por puro placer estético o por afán de conocer otras realidades.

Sin darme cuenta, cuando empecé a leer «Los últimos» de Paco Cerdà (Pepitas de Calabaza, 2017) lo hice desde la misma lógica de mi madre: «Si este chico se pone a escribir este libro es porque él o su familia es de una de esas zonas casi deshabitadas». Pero ya en el prólogo me di cuenta de que esto no era así: «[…] Desconcierta que su casa no tenga número en la fachada…» escribe, y claro, me pregunté en cuántos pueblos habría estado este muchacho antes para que eso le desconcertara y le pareciera digno de mención. Y, al igual que mi madre, me disgusté porque en el desconcierto del autor ante lo cotidiano me sentí fuera del relato. Es cierto que luego todas las páginas siguientes describen ese mundo del que provengo y que está a punto de desaparecer, y que lo hacen de una manera tan concisa como literaria y muy bien escrita, pero una vez más se nos cuenta desde fuera, desde el desconcierto.

La primera frase del libro volvió a colocarme en un lugar incómodo. Mi yo lectora y editora lo reconocía como una copia-homenaje al comienzo de «Pedro Páramo». «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo» dice Juan Rulfo; «Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López» homenajea Paco Cerdà.

Mi yo hija de la Nuri, nieta de la Laureana, lo identificaba como un lucimiento literario que ni mi madre ni mi abuela -ni la mayoría de los protagonistas del libro- serían capaces de reconocer. Al mismo tiempo, mi yo editora era consciente de que comenzar así un relato no es en absoluto inocente. El autor, con una sola frase, consigue crear una referencia clara en el público al que se dirige (que no es el mismo que retrata) y le sitúa en un plano en el que cualquiera que haya leído a Rulfo sabe de antemano cuál es el final de la historia, el verdadero devenir de los habitantes de esa Laponia-Comala.

Pero nosotros no somos todavía fantasmas, aunque vistos desde fuera quizás lo parezcamos. En todo caso, es muy difícil describirse desde dentro, es imposible también ser objetivo y palabra tras palabra Cerdà muestra un mundo desconocido para él -y para muchos otros, imagino- y compone un reportaje de indudable calidad literaria. Y en ese reportaje sobresalen, cómo no, los testimonios de las personas de los pueblos que visita.

Aunque solo sea por eso, por rescatar palabras y memorias que de otro modo se perderían, merece la pena leer «Los últimos» y agradecer a Cerdà su viaje desde su desconcierto hasta nuestra cotidianidad.

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