Hace unos días, José Alcántara (Versvs) escribió un muy recomendable post sobre contextualizar la «discoverability» con su punto de vista desde las visiones tecnoutópicas hasta las repeticiones cansinas del «hype» del momento, y me quedé pensando en escribir yo también un post sobre el tema, pero desde mi punto de vista literario y mi imaginario de simple lectora.

¿Qué es eso de la «discoverability»? Pues algo que se traduce más o menos como «la capacidad de ser descubierto» y que parece ser la palabra de moda entre mucha gente del sector editorial, como si fuera la clave que resolviera todos los males. El caso es que yo venía en mi bicicleta pensando en la trampa de hablar de la «capacidad de ser descubierto» de un libro, en vez de hablar de la «capacidad para descubrir» de las personas.

Yo, de pequeña, era una voraz lectora y en una ciudad de provincias como Vitoria, en mi época, eso de que los libros se descubrieran ellos solitos, no existía (a pesar de mi defensa de que son los libros los que eligen a los lectores y no al revés, muy en plan Michael Ende, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión) y tampoco existía eso que ahora se echa de menos como si fuera un paraíso perdido, que es el pequeño local donde un atento y dedicado librero te descubría cosas que sabía que te gustarían. En Vitoria existía «Linacero» (aquella librería grande del centro, donde se compraban los libros que te obligaban a leer en clase -ése era al primer momento de «discoverability», la obligación-) y luego existían las librerías-papelerías de barrio, como en mi caso «Olmo», donde me guardaban los fascículos de libros históricos que a mí me daba por leer de pequeña y que había descubierto por los anuncios en la tele. Librerías como Herrikoia, Hegoa o Zuloa para mí eran unas desconocidas y algunas ni existían en mi época de pequeña voraz lectora (y otras que sí frecuenté en mis tiempos universitarios, como Hegoa -donde sí había un excelente librero-, no duraron mucho más).

El caso es que yo siempre necesitaba nuevas historias que leer y para descubrirlas me iba a la biblioteca de mi barrio (su esquina se veía desde mi casa, y me dejaban ir sola), donde primero empecé de la A-Z los libros de la sección infantil (recuerdo especialmente los tomos de las «Grandes Novelas Ilustradas») y luego seguí con las estanterías de al lado, que eran las de Religión, Filosofía y Psicología, en este orden. Después de leerlas todas, me pasé a la pared de enfrente, que eran las de las novelas de adultos y oh, aquello sí que fue descubrir un mundo. Me dejé perder entre todas aquellas palabras y olvidé mi anterior metódica y alfabética manera de elegir los libros. Pero seguía siendo yo quien los elegía, salvo en alguna ocasión en que me caían a la cabeza (literalmente) porque yo era pequeña y tenía que subirme a un taburete si alguno de los de más arriba me llamaba la atención (por el título, por el color) y a veces los tenía que sacar por la parte inferior del lomo con los dedos bien estirados (cuánto agradecía en aquel momento las ediciones de tapa dura), por lo que más de uno caía sobre mí.

También a veces utilizaba los ordenadores con el catálogo de la biblioteca, donde buscaba el autor o autora del último libro que me había gustado y localizaba el resto de sus títulos en la red de bibliotecas municipales. Apuntaba la signatura en unos papelitos que la bibliotecaria dejaba junto al teclado y cuando se acababan los de García Márquez en mi biblioteca, me iba con ese papelito a otra más lejana (acompañada por mis padres) y así fui creciendo como lectora, de manera activa, localizando autores por títulos o porque en los prólogos de los libros se mencionaba tal o cual referencia y yo me la apuntaba para investigar.

Y ahora, donde todo este proceso es mucho más fácil y tenemos todo a golpe de click, todo esto de la «discoverability» me suena un poco a que otros quieren decidir por mí, que quieren enseñarme unas cosas y no otras, limitarme en mis opciones en base a un algoritmo «mágico» que no es más que una máquina pensando por mí, como si eso fuera posible, como si mi historial de navegación y mis clicks pudieran sustituir el momento en el que uno de esos libros caía sobre mi cabeza cuando era pequeña. Prefiero pensar que los libros no pueden ser descubiertos si antes no hay lectores interesados -esas lecturas previas, esa historia de amor que vivimos y vemos reflejada en la sinopsis de un libro, esa conversación con un amigo, esa recomendación lejana de un profesor, aquella ciudad hace tiempo…- y con la capacidad para descubrir por sí mismos.

This article has 13 comments

  1. Érase una vez

    Me ha gustado muchísimo tu post… Muy evocador (me ha recordado a mi infancia y mi temprano amor por los libros).
    ¡Felicidades!

  2. editora

    ¡Gracias! Yo lo que echo de menos es leer como entonces, aunque estos días que no tengo internet en casa he recuperado el hábito de ir a la biblioteca (por el wifi) y supongo que la reflexión en bicicleta también se debe a que esta situación me ha hecho recordar aquellos tiempos. Y acabo de pensar que la prueba de que me he hecho mayor es que ahora tengo los libros al alcance de la mano, literalmente, y ya no me caen en la cabeza 😉

  3. I.

    Si me lo permites, editora mía, “susceptibilidad” en lugar de “capacidad” (porque la capacidad implica acción).

  4. editora

    A eso iba, precisamente, la «acción» sólo se podría aplicar a las personas, no a los libros, y si utilizo «susceptibilidad» en vez de «capacidad», pierdo el hilo del post… (que aunque no lo parezca yo pienso estas cosas cuando escribo). Vaya, que espero que me permitas esa traducción libre como licencia literaria… 😉

  5. Mar

    Nuria, me ha gustado mucho tu entrada y ese amor con el que recuerdas tus primeras lecturas. Te he imaginado pequeñita (más o menos como ahora ;)) Frente a una librería inmensísima con sólo las armas de tus pequeños dedos para desnudar algún libro editado en rústica.
    Y ese emigrar de biblioteca en biblioteca acompañada por los mayores…¡genial!

    Recuerdo una película en la que el protagonista cambiaba radicalmente después de que le cayera en la cabeza una de estas bolas de espejos que ponen en las discotecas y me pregunto ¿qué tipo de efecto habrán producido tantos libros sobre tu cabeza?

    Lo comparto, me alegro de que entre html, wiki y demás puedas escribir este tipo de cosas.

    Y por último, me imaginaba un robot de verdad, de hojalata como tienen que ser, leyendo tu entrada e intentado entender a qué te refieres con eso del amor a los libros…

  6. editora

    Mar, creo que debería escribir más, sólo por tener el honor de que dejes comentarios tan bonitos en mi blog 🙂

    Ya que preguntas sobre los efectos en mi cabeza, he recordado que allá por el 2005 yo tenía un primerísimo primer blog, para cosas de la revista, donde acababa contando mis cosas, cómo no. Y allí hablaba de uno de esos libros que me había caído a la cabeza, “Amor infiel”, de Nuria Amat, una particular revisión/traducción libre/libro comentado sobre Emily Dickinson (http://revistaiguazu.blogspot.com.es/2005/03/amor-infiel-emily-dickinson-por-nuria.html).

    Ahora, tantos años después, al releer los extractos que me marcaron entonces (que ahora casi me hacen sonrojar) recuerdo perfectamente por qué ese libro me marcó tanto, a quién lo regalé, y dónde. Los libros que caen en la cabeza siempre tienen efectos inesperados y regresan incluso mucho tiempo después, aunque sean memorias ya congeladas.

    pd: en el fondo tendré que agradecer a Orange que me hayan dejado sin internet y me obligue a ir a la biblioteca o a levantarme pronto para llegar a la oficina cuando todavía no hay nadie y puedo escribir estas cosas.

  7. Jose Alcántara

    Chapeau, Nuria. Qué forma más sencilla, relato emotivo incluido, de contar cómo no hay mejor herramiento de descubrimiento que la propia inquietud, la propia curiosidad y toma de decisiones proactivas. Porque al tener que tomar una decisión, nos obligamos a reflexionar un poco en el tema que sea. ¿Por qué este libro y no otro? Y de recordar que al soslayarnos esa decisión, nos están quitando una parte impagable del proceso.

  8. editora

    Gracias, José. Pero es que además, por más que quieran, soslayarnos esa decisión creo que resulta imposible para una máquina, por más Google que sea y más vigilados que tenga todos mis clicks y/o comentarios… Si yo compro a la vez “Nada”, de Carmen Laforet y “La princesa prometida”, de William Goldman, no se me ocurre qué conclusión puede sacar una máquina con ello… (como le pase los datos de mi estantería a una máquina, se colapsa con el batiburrillo de títulos que tengo). Pero vaya, a veces es muy divertido ver cómo lo intentan y las asociaciones que hacen…

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  10. ISA

    Hace ya en uno de mis primeros blog que, por casualidad he encontrado: http://sopasyletras.blogspot.com.es/2007/10/tirando-del-hilo.html, escribí acerca de lo que tu mencionas. Lo titulé “Tirando del hilo” porque hasta que fui a la universidad y estudié filología y literatura hispánicas (luego había un “orden”), siempre me recuerdo tirando del hilo de algún libro que había leído al tuntún porque no tenía quién me aconsejara.
    De la biblioteca de mi ciudad de entonces, Cartagena (Murcia) me retiraron el carnet porque “..leía mucho…”. Creo que yo debía tener 8 ó 9 años. Así que como entonces la industria editorial era escasa (años 50-60), los libros caros y encima era mujer y mi padre machista-férreo-militar, leía por las noches, con una linterna debajo de las sábanas, la típica enciclopedia que por entonces había en todas las casas: desde la A hasta la W…
    Luego cuando empezé el instituto la cosa mejoró considerablemente, sobre todo porque tenía amigas cuyos padres tenían unas enormes bibliotecas y me sacaban los libros a escondidas.
    Tiene bemoles la cosa.

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  12. Isabel

    Pues no está mal someter a esa tortura a las máquinas, no sé que conclusiones podría sacar de mis disparidades y puntos de fuga como lectora.
    Saludos.

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