Mi vecino «el monje»

En Vitoria vivíamos en un segundo piso de un edificio de 6 plantas, con ascensor. En lo alto del todo, por encima del sexto piso, estaban los «camarotes» y mi padre, que se jubiló por enfermedad relativamente joven (a los 54 años) pasaba allí muchos ratos. No era raro que nosotros subiéramos y bajáramos de nuestro piso al camarote para cualquier cosa, como trastear por allí con mi padre o enviarle los mensajes de mi madre del tipo «baja ya, que ya está la comida en el plato» (ay, esos tiempos sin móviles…). A veces el ascensor se estropeaba y claro, tocaba hacer ese recorrido por las escaleras, por lo que en algún momento, antes o después, me había tocado pasar por delante de todas las puertas de los vecinos entre el segundo y el sexto piso.

En Soria, sin embargo, estábamos también en un segundo piso, pero en un edificio de 3 plantas, sin ascensor. El equivalente a los «camarotes» eran «las carboneras» y en vez de estar arriba estaban en una planta en sótano. Así que a mí nunca se me había ocurrido subir al tercer piso, porque no tenía nada que hacer allí. Sabía que había unos vecinos jóvenes, con los que rara vez me cruzaba, y un señor mayor al que nunca llegué a ver. Mi padre, que no para quieto, si se lo encontraba alguna vez nos informaba de ello: «he visto al “monje”». Como mi padre es dado a poner apodos porque no suele tener memoria para los nombres propios, yo di por supuesto que aquel señor mayor o bien era un cura retirado o bien tenía aspecto de monje.

Con el tiempo el señor mayor murió sin que yo llegara a conocerle. Pero hace 3 años, cuando suspendí mi segunda convocatoria del carné de conducir, subí a casa tan obsesionada dando vueltas a todos los errores que me pasé de mi rellano y sin darme cuenta de repente me vi en el tercer piso, aquel al que nunca había subido en 15 años. Y entonces fue cuando vi esta placa en la puerta del señor mayor:

No me lo podía creer. Resulta que por una vez, lo de «monje» no era un apodo de mi padre, sino el apellido real de nuestro vecino, Celestino Monge, un mítico periodista soriano cuyas crónicas yo había leído más de una vez en las hemerotecas del ABC y de La Vanguardia. Eran unos textos con un estilo inconfundible que mostraban un buen reflejo de la Soria desde los años 60 hasta finales de los 80.

Hubiera sido increíble tener una o varias conversaciones con él, ya que lo tenía ahí tan cerca… Ahora solo me queda releer sus artículos e imaginar cómo hubiera sido si hubiera pasado por delante de su puerta.


pd: Como muestra, suyo es un breve despiece en el ABC del 7 de diciembre de 1979 (un día antes se habían celebrado las primeras elecciones municipales tras la dictadura) en el que se informa de lo siguiente:

FORMABAN TODO EL CENSO

SOLO CUATRO VOTANTES EN EL PUEBLO SORIANO DE PEÑALCAZAR

Soria, 6. (De nuestro corresponsal.) Como dato ejemplar de ciudadanía, cabe señalar el de los cuatro electores censados en el pueblo de Peñalcázar, que posiblemente por última vez han cumplido el deber de volar allí donde nacieron.

Decimos esto teniendo en cuenta que Peñalcazar, entre Mazaterón y Carabantes, cerca de la histórica villa de Deza, va a quedar deshabitado en fecha próxima.

Los cuatro censados de Peñalcázar, a las ocho de la mañana, cumpliendo los requisitos legales, han abierto su sección electoral en las antiguas escuelas.

Cumplido su deber de votar que, como puede suponerse, no ha exigido mucho tiempo, al filo del mediodía se ha cerrado el colegio. Se presume, pues, que este sea el primer colegio de España en cerrar la votación.

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