Perder los papeles

Literalmente. Dos veces en menos de dos semanas. Y, ¡de qué manera!

La primera fue en el autobús. Volvíamos de Calatayud a Barcelona y en la parada de Zaragoza, que sólo era de cinco minutos, lo justo para dejar y coger gente, mi guapa bajó para ir al lavabo y yo para estirar las piernas. Me coloqué al lado del maletero y mientras la gente andaba allí que si saco que si meto maletas, se me ocurrió mirar hacia donde estaba la mía. ¡Oh, no! No estaba. Tal cual. No estaba. Se lo dije al conductor, que me miró un poco como las vacas al tren y me dijo «¿en Zaragoza? Imposible. Si estuviéramos en Barcelona o Madrid, todavía, pero aquí eso no ha pasado nunca». Me preguntó si llevaba algo de valor. Yo: «los papeles». Si mi maleta no aparecía, yo había perdido los papeles que iban dentro, que eran todas las correcciones del primer libro que sacaremos en Ediciones con Carrito, en las que había estado trabajando los días de Semana Santa, y no sólo las correcciones, sino que el orden de los relatos (cado uno ocupa una página y yo las tenía sueltas) estaba en el propio orden de las hojas, y no estaba apuntado en ningún sitio (y el orden de estos relatos es clave para la construcción de la historia). Al conductor del autobús no le interesaba mucho realmente que yo hubiera perdido los papeles. De todas formas, estuvo todo lo amable que pudo, se puso a buscar por dentro del maletero a ver si es que era que yo no la veía o que estaba más escondida. Pero teníamos que marchar, porque la parada técnica de 5 minutos se había convertido ya en una de 15, y no podía esperar más… Justo cuando se disponía a arrancar, y yo lo daba por perdido, apareció corriendo un chico con mi maleta: se había equivocado, la suya estaba todavía dentro del maletero y estaba tan preocupado como yo por recuperarla. Por suerte se quedó sólo en susto.

La segunda vez que he perdido los papeles ha sido hoy, hace un rato. Venía toda feliz en mi bicicleta, con mi cestito de mimbre, cuando una repentina ráfaga de viento se ha llevado volando una hoja que llevaba en la cestita. He ido detrás, la he podido recuperar, pero mientras tanto, otra ráfaga se ha llevado otra hoja, y esta vez ha sido peor. ¿Recordáis esas películas en blanco y negro en las que el personaje persigue una hoja que es incapaz de atrapar por culpa del viento? Pues imaginaros la Meridiana de Barcelona, el viento, mi bicicleta y los cuatro carriles de coche: Sí, mi hoja ha decidido quedarse en medio de la carretera, flotando en el viento, con un montón de coches pasando por encima, que todavía la levantaban más y la desplazaban hacia adelante, cuando ¡oh dios! se queda pegada en un guardabarros trasero de un coche y la veo alejarse de mí… Y allí yo pedaleando detrás por el carril bici intentando encontrar el coche con hoja pegada, mirando a un lado en vez de adelante, viendo luego cómo la hoja -que volvía a estar en la carretera- era arrastrada por el viento entre los coches, y yo pegando acelerones y frenazos en la bici siguiendo los vaivenes del papel, que de nuevo decide irse con un coche… y así buena parte de la Meridiana, hasta que por fin han coincidido semáforo a mi favor y hoja localizada en medio del carril y la he podido recuperar.

Supongo que os preguntaréis por qué me arriesgaba yo así por un simple papel. Bueno, es que estos papeles perdidos me los acababa de enviar mi madre (cómo mi madre me envía cosas da para otro post), son una alegaciones que tengo que hacer a Hacienda sobre Casa Tía Julia y si los perdía perdía una suma de dinero importante (y no, no tenía copia de los papeles).

Bueno, tendré que andarme con ojo para no perder los papeles de nuevo.

4 comentarios

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Yo te puedo decir cómo tu madre te envía cosas :

Cada vez con menos eficiencia.
Y eso no tiene nada de gracioso o anecdótico aunque sí de literario (porque compunge mi
maltrecho corazón).
Es algo triste simplemente.
Esa es la realidad.

Bueno, nuestra madre envía cosas como buenamente puede/sabe, por suerte también estás tú por ahí para echar una mano… Pero que al deletrearle «gmail» yo le diga «g de Galicia» y ella me pregunte «¿en mayúsculas o minúsculas?» y yo diga «en mínusculas», y ella responda «entonces es ‘g’ de ‘gato’, no ‘G’ de ‘Galicia'», me parece de una lógica simplemente brillante (e incontestable). De hecho, ha creado escuela en mi oficina, ahora las claves wifi las deletreamos en mayúsculas o minúsculas según esta lógica 🙂

Y literaria siempre ha sido, pero eficiente lo que se dice eficiente, yo creo que eso nunca…

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