Viajes imposibles

Palermo Viejo (Buenos Aires, Argentina) – Ciria (Soria, España) parece un viaje imposible. Sin embargo, lo hice una vez, con una mochila cargada de libros a cuestas -¿quién puede resistirse a la calle Corrientes?-, tan pesada, que cuando quise levantarme del asiento en el metro de Madrid, apenas si pude hacerlo, echando mano de todas mis fuerzas y mi tozudeza de «soy de Bilbao». En Palermo Viejo me alojaba en el apartamento de un amigo de San Sebastián que vivía allí. Le había ido a ver hasta Argentina, pero con tan mala suerte que él tuvo que marchar por trabajo a Corrientes («a tan sólo 1.000 kilómetros de la capital») y me dejó las llaves con el portero. Allí me recogió para volver el mismo «remisero» (oficio argentino a medio camino entre el taxi y el chófer privado) que me esperaba en el aeropuerto al llegar y que un día antes de mi regreso, sin avisarle previamente, me llamó por si requería de sus servicios al día siguiente. Compartí avión con un chico francés muy guapo y fuimos hablando buena parte del viaje. En Madrid, del aeropuerto a la estación Avenida de América fui en metro, y allí cogí un autobús a Soria. Llegué sobre las 10 de la mañana, así que dejé la mochila en consigna y desayuné en el centro, en las mantequerías York. Después hice tiempo paseando por El Collado y la Dehesa, hasta las 14.30 que salía el autobús a mi pueblo (salen dos a la semana, uno los lunes y otro los jueves). Ciria era el último pueblo del recorrido y unas 24 horas después empezar el viaje, descargaba sobre una silla vieja mi mochila llena de libros bonaerenses y me tiraba en mi colchón de lana a dormir.

Si pienso en todo aquello, el trayecto Barcelona-Zaragoza-Ciria casi parece un hecho cotidiano. Sin embargo, no deja de ser algo excepcional, sólo posible gracias al AVE y a que hay un autobús (lunes, jueves y sábado) que todavía sale de Zaragoza y tiene como penúltimo destino mi pueblo. El jueves viajé en primera clase (sólo íbamos tres personas en el vagón y nos dieron un desayuno de lujo) a las 7 de la mañana desde Barcelona (salí de casa a las 5.30). Viajar en primera es un poco extraño, me hace sentir pequeñita y fuera de lugar, aunque en realidad, los 3 que allí viajábamos teníamos pinta de ser solos en toda regla, cada uno con sus particulares razones para estar en ese vagón (yo, volver a mi pueblo, y coger las últimas plazas libres -con oferta, afortunadamente- en el único horario que enlazaba con mi autobús). En Zaragoza esperé una hora y media, y cogí un autobús en el que la única sola parecía ser yo: los demás, eran grupos o parejas que saludaban al conductor con cotidianidad. Charlaban y se reían y hablaban de conocidos en común de los diversos pueblos en los que había paradas. Que si la hija de la farmacéutica se había casado, que si no sé quién habían montado un bar y le iba muy bien, que si la hermana del Telesforo se había muerto el invierno pasado… Yo iba sentada en el asiento número 1 (el que ponía mi billete), aunque me hubiera gustado esconderme más atrás. Tenía la misma sensación de ser pequeñita y estar fuera de lugar, aunque cuando en Aranda del Moncayo nos cambiaron a un mini-bus y sólo quedamos 3 personas, y vi el cartel de «Ciria – 16 kilómetros», metí la mano al bolsillo, agarré dentro las llaves de mi casa y pensé: «tengo las llaves de un refugio en el bolsillo».

La pareja de delante hizo un comentario sobre mí: «Ah, hay una chica ahí detrás, ¿de quién será?» y yo seguí agarrando las llaves y mirando por la ventana. 7 horas después de salir de casa, sólo quedaban 16 km.

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